octubre 7, 2017 | 8:54

Ciencia Ficción/cine/CINE

Blade Runner 2049: la respuesta es la pregunta misma

¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Es aquello que nos define biológicamente o se trata de algo conocido como alma? La línea entre vida y humanidad muchas veces se ve confusa, especialmente cuando nos definimos como la especie dominante. Si eso llegase a cambiar, ¿qué puesto tendríamos en la vida? ¿Puede haber algo más humano que nosotros?

El siguiente texto puede contener spoilers.

Todas estas preguntas fueron expuestas en Blade Runner, la cinta de 1982 dirigida por Ridley Scott, considerada como una de las obras supremas de ciencia ficción. Con Harrison Ford y Rutger Hauer como protagonista y antagonista, respectivamente. La película muestra la misión de un Blade Runner, cazador de androides humanoides conocidos como Replicantes que desean asumir una condición humana. En su viaje, el detective Deckard mantiene una relación con Rachel, un modelo de Replicante único en su diseño. Esta unión, así como la travesía por eliminar a Roy Batty, el líder de los robots, insitaron al debate sobre la condición humana, especialmene al final cuando el Blade Runner, a punto de ser abatido por Roy, es salvado de una muerte seguro por su enemigo, ya que el amor del Replicante por la vida rompía todas las barreras, incluso las humanas. Todos estos momentos se desvanecieron como lágrimas en la lluvia… hasta que llegó la secuela.

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Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve, no sólo expande el universo creado por Phillip K. Dick en papel y Ridley Scott en la pantalla grande, sino que revalúa la primera cinta mateniendo y ampliando los cuestionamientos sobre el origen de la humanidad de lo más complejo a lo más sencillo. ¿Qué somos realmente?

El Agente K, un Blade Runner y Replicante más reciente (y controlado), tiene la misión de encontrar a los modelos que vinieron antes que él, siendo estos un peligro para los hombres. Su viaje lo lleva a encontrar esbozos de humanidad en su ser; no sólo aquellos que le fueron implantados en su producción, sino otros que trascienden su programación: la consciencia del ser.

Durante su travesía conocemos a dos personajes clave en su vida: Joi (que, corrigiendo y traduciendo al español representaría el “Placer”) y Luv (haciendo lo mismo, “Amor”). La primera, siendo una pareja incondicional a él hasta el punto de quiebre, donde se revela su posible falsedad; la segunda como su jefa y mandataria, quien lo presiona al límite para llevarlo al borde de sus límites. El placer y el amor encontrados, contrastados y jugando parte primordial en K y su búsqueda por Deckard, sujeto clave en el futuro de las especies.

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Cuando se unen estos elementos y se intenta responder el misterio inicial de la historia (¿Es el personaje de Harrison Ford, Rick Deckard, un Replicante?), obtenemos lo primordial para sacar nuestras propias conclusiones: nada. La respuesta es la pregunta misma. No importa si Deckard es humano o si fue fabricado como Rachel, modelos especiales de un producto destinado a algo mayor. Las decisiones tomadas por el personaje son lo que vuelven un ser más humano que lo humano, independientemente de la naturaleza de su creación. Lo mismo con el personaje de Gosling: ¿el Replicante fue implantado con memorias de un humano o es producto de la unión de lo real con lo robótico?

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A estas alturas, en el año 2049, las preguntas sobre raza, género o religión quedan de sobra. El futuro, por más árido, triste y desesperanzador que luzca en la brutal fotografía de Roger Deakins, nos revela que quizás estamos listos para dejar a un lado todo aquello que nos limita como especie y, así, volvernos más humanos de lo que pensamos ser y, con ello, volvernos empíricos, “reales”.